El peligro de las excusas en las organizaciones

Las excusas nos desquician y nos hacen perder los partidos.
Este fin de semana, el tenis y Alcaraz nos han dejado otra imagen sobre la que reflexionar desde las organizaciones: la gestión de las excusas.
En el deporte, como en la empresa, siempre hay circunstancias que escapan a nuestro control. El viento, las bolas o el público pueden complicar un partido.
En las organizaciones son el mercado, la competencia, los recursos disponibles o las decisiones de terceros.
También están las dificultades internas: cuando las cosas no salen, cuando perdemos confianza o cuando sentimos que no tenemos capacidad para afrontar lo que tenemos delante.
El problema no está en identificar esas dificultades, sino en quedarnos atrapados en ellas.
Cuando ponemos toda nuestra atención en aquello que nos impide avanzar, dejamos de dedicarla a buscar alternativas. La frustración alimenta más frustración, perdemos perspectiva y nuestra capacidad de reacción se reduce.
Y a diferencia de las organizaciones, en el deporte los partidos terminan. Se puede perder, analizar lo ocurrido, corregir errores y preparar el siguiente encuentro. Hay un marcador que obliga a cerrar una etapa y comenzar otra.
En las organizaciones, sin embargo, las excusas pueden permanecer mucho más tiempo que los problemas que las originaron.
Lo que empezó siendo una explicación puntual acaba repitiéndose en reuniones, conversaciones y decisiones. Poco a poco, los «peros» se convierten en respuestas automáticas.
«El mercado no acompaña». «No tenemos recursos». «Ahora no es el momento». «Ya lo intentamos y no funcionó».
Puede que todas esas afirmaciones tengan parte de verdad. Pero cuando se convierten en la explicación habitual de por qué no hacemos algo, dejamos de cuestionarlas.
Y ahí está el verdadero riesgo: que las excusas se transformen en hábitos y esos hábitos terminen configurando una cultura de resignación.
Una cultura que va minando el entusiasmo, la iniciativa y el esfuerzo. Donde cada vez resulta más fácil explicar por qué algo no es posible que buscar la manera de hacerlo.
El liderazgo tiene mucho que ver con evitar esa deriva.
No consiste en negar los problemas, exigir optimismo permanente o pretender que todo depende de nuestra voluntad. Tampoco en no tener momentos de debilidad, frustración o desánimo.
Consiste en reconocer esas situaciones sin permitir que determinen permanentemente nuestra respuesta.
Y en ayudar al equipo a recuperar la perspectiva y la iniciativa. Porque identificar lo que nos impide avanzar es necesario, pero no suficiente.
Por eso, cuando en las organizaciones solo vemos los «peros», necesitamos ser capaces de «elevarnos» por encima de lo que nos impide ganar y seguir buscando cómo hacerlo.




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